LeBron lo sabe (¿pero no puede hacer nada?)
La realidad de un jugador de 41 años.
Yo estuve ahí, Gandalf. Estuve ahí hace tres mil años…
Si tuviese que elegir a varios de los jugadores que más me marcaron cuando empecé a ver la NBA entre ellos siempre incluiría a Moses Malone. Sus gafas eran llamativas y por tanto ese elemento ayudó a que mi versión de niño se fijase más en él que en otros, pero no era solo por eso. El hombre era un portento físico, arrastraba el aura de haber jugado en la ABA y tras dar el salto a la NBA había sido elegido MVP de la liga en tres ocasiones. Casi nada. Yo no había visto nada de aquellos gloriosos años de ABA y MVP, pero si un tío fuerte y con gafas promediaba 24 puntos y 11 rebotes, era All-Star y tenía ese historial, es que era muy bueno.
Moses, duro como una roca, siguió jugando pasados los 30 años. Durante las cinco temporadas que transcurrieron desde sus 32 a sus 36 años disputó al menos 79 partidos en cada una ellas y fue transformando su rol. Su último All-Star fue en 1989, probó como sexto hombre en 1991, promedió 15,6 puntos y 9,1 rebotes en 30 minutos de juego con 36 años en la 91-92 y a partir de ahí los problemas físicos le fueron disminuyendo. Sus tres últimas campañas fueron testimoniales: nunca superó los 11 minutos de media, su anotación cayó a niveles irreconocibles y su presencia en pista era más simbólica que funcional.
Había visto como otros grandes ya se habían retirado por problemas físicos (Bird, Isiah Thomas), enfermedades (Magic) o porque la edad comenzaba a ser un problema (Erving, Jabbar), pero Malone, por motivos que no vienen al caso, había resistido.
Y chocaba verle jugar porque Moses ya no era Moses. El Malone de esos últimos años era un señor mayor, lento de movimientos y reflejos, disminuido físicamente y que, siendo sinceros y obviando su presencia como veterano en los vestuarios de Bucks, 76ers o Spurs, no pintaba nada en la pista. Él, que había sido un número 1, se había convertido en alguien prescindible, en un hombre que si saltaba a la cancha, restaba. Ningún aficionado quería a Moses para su equipo. Que se retire.
Cuento todo esto de Malone porque la historia se repite de forma cíclica. Cuando una leyenda extiende su carrera hasta un punto en el que la distancia con su prime es enorme, es entonces cuando se olvida lo que hizo y, en cierto modo, se le pierde el respeto.
Pasó con Ewing. Con Olajuwon, Iverson, Garnett. Con Kobe. A todos ellos les sobraron años, bien por no rebajar sus pretensiones económicas, bien por no aceptar un rol diferente al que estaban acostumbrados, bien por haber entrado en un declive físico abismal.
Creo que está empezando a ocurrir lo mismo con LeBron James.
En el caso de LeBron esta pérdida de categoría le está llegando por tres frentes.
El primero, sencillo, es que está muy lejos de lo que fue. El LeBron 2009 era un atleta imparable, salvaje. El LeBron 2018 era capaz de hacer lo imposible. El LeBron 2026 arrastra problemas físicos, ha perdido velocidad y salto, es un factor negativo en defensa y no es eficiente. Sigue haciendo números porque es uno de los mejores jugadores de siempre y conoce el baloncesto mejor que nadie, pero la distancia entre lo que vimos y lo que vemos es sideral.



